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A Washington no le gusta las elecciones democráticas en Venezuela, por los resultados

Mark Weisbrot
The Guardian Unlimited, 3 de octubre, 2012
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El 30 de mayo, Dan Rather, uno de los periodistas más conocidos en EE.UU anunció que el presidente de Venezuela Hugo Chávez moriría “en un par de meses por mucho.” Cuatro meses después, Chávez no sólo está vivo y haciendo una campaña electoral pero también se espera que ganará re-elección el domingo. Así es el estado de mala representación de Venezuela – es probablemente el país del que más se miente en el mundo – que un periodista puede decir casi cualquier cosa sobre Chávez o su gobierno y no es probable que sea desafiado, con tal de que sea algo negativo. Aún peor, Rather se refirió a Chávez como “el dictador” – un termino que pocos científicos políticos, si es que alguien, aprobarían.  

Esto es lo que el expresidente estadounidense Jimmy Carter dijo sobre la “dictadura” de Venezuela hace unas semanas: “De hecho, de las 92 elecciones que hemos monitoreado, yo diría que el proceso de elecciones en Venezuela es el mejor del mundo.”

Carter ganó un premio Nobel por su trabajo a través del Centro Carter que monitoriza elecciones, y el cual ha observado y certificado las elecciones de Venezuela en el pasado.  Pero como Washington ha buscado por más de una década ilegitimar el gobierno de Venezuela, su punto de vista es raramente reportado. Sus últimos comentarios no fueron reportados en casi todos los medios de EE.UU.

En Venezuela, los votantes tocan la pantalla de un computador para votar y después reciben un recibo, el cual verifican y depositan en la urna. La mayoría de las papeletas son comparadas con la cuenta electrónica. Éste sistema hace que el fraude sea casi imposible: para robarse el voto se requeriría piratear el computador y después llenar las urnas con papeletas que correspondan al voto fraudulento. 

A diferencia de EE.UU., en donde no se tiene idea de quien gana en unas elecciones cerradas (como Bush v Gore, 2000), los venezolanos pueden estar seguros de que sus votos cuentan. Y también a diferencia de EE.UU., en donde hasta 90 millones de votantes aptos no votarán en noviembre, el gobierno en Venezuela ha hecho todo lo posible para incrementar la registración de votantes (ahora con un récord de 97 por ciento) y la participación.

Aún así la clase dirigente de las relaciones extranjeras de EE.UU (la cual incluye a la mayoría de medios en América y del oeste) bullen con desprecio al proceso democrático de Venezuela. En un informe preparado al mismo tiempo que las elecciones, el supuesto “Comité de Protección a Periodistas” dijo que el gobierno controla el “imperio de los medios,” olvidándose de informar a sus lectores que los medios de televisión del Estado de Venezuela sólo tienen de 5-8 por ciento de la audiencia de televisión del país. Por supuesto, Chávez puede interrumpir la programación normal con sus discursos (debido a una ley impuesta desde antes de su gobierno), y regularmente lo hace. Pero la oposición aun así tiene la mayoría de los medios, incluyendo radio y prensa – sin mencionar la mayoría de la riqueza e ingresos del país.  

La oposición probablemente pierda estas elecciones no porque el gobierno tenga ventajas de incumbencia – las cuales son usadas en abundancia a través del hemisferio, hasta en EE.UU. Si pierden será porque para la mayoría de venezolanos los niveles de vida han mejorado dramáticamente durante el gobierno de Chávez. Desde el 2004, cuando el gobierno tomó control sobre la industria petrolera y la economía se había recuperado del devastador, intento extralegal de derrocarlo (incluyendo el golpe militar respaldado por EE.UU. en 2002 y el paro petrolero de 2002-2003), la pobreza se redujo por la mitad y la pobreza extrema por un 70 por ciento. Y estos índices solamente incluyen los ingresos en efectivo. Millones de personas tienen acceso a servicios médicos por primera vez, y matriculaciones universitarias se han duplicado, siendo gratis para muchos estudiantes. La desigualdad también se redujo considerablemente. Por el contrario, las dos décadas anteriores a Chávez fueron unos de los peores fracasos económicos en América Latina, con el ingreso real por persona en efecto cayendo por 14 porciento entre 1980-1998.

En Washington, la democracia tiene una definición simple: ¿Está el gobierno haciendo lo que el Departamento de Estado quiere que haga? Y aquí por supuesto, la idea de que un político cumpla lo que le prometió a sus votantes también es un concepto desconocido. Así que Venezuela no es el único que regularmente es atacado por la clase dirigente de Washington: todos los gobiernos de la izquierda y recién independientes de Sudamérica, incluyendo a Argentina, Ecuador, y Bolivia están en el punto de mira (aunque Brasil es considerado demasiado grande para recibir el mismo tratamiento los de la derecha aún lo hacen). Pero el Departamento de Estado intenta mantener sus ojos fijados en el premio: Venezuela está encima de 500 billones de barriles de petróleo, y no respeta la política exterior de Washington. Ésta es la razón por la cual es el enemigo público numero uno, y recibe la peor cobertura en los medios.

Pero Venezuela es parte de la “Primavera de América Latina” que ha producido el grupo de gobiernos más democráticos, progresivos, e independientes que la región ha tenido en su historia. Trabajan juntos, y Venezuela tiene el apoyo sólido de sus vecinos. Éste fue Lula da Silva el mes pasado: “Una victoria para Chávez (en las elecciones que vienen) no es sólo una victoria para la gente de Venezuela pero también una victoria para toda la gente de América Latina…ésta victoria le dará otro golpe al imperialismo.” El apoyo de Sudamérica es la mejor garantía en contra de intentos continuos de Washington – que sigue gastando millones de dólares [PDF] dentro del país además de fondos desconocidos y encubiertos – que socavan, deslegitimizan, y desestabilizan la democracia en Venezuela.


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C. Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.

 

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