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El Congreso debe debatir el ir a la guerra en Libia

Mark Weisbrot
The Sacramento Bee (CA), 24 de marzo, 2011 En Inglés
McClatchy-Tribune Information Services, 24 de marzo, 2011
Bellingham Herald
(WA), 24 de marzo, 2011
Modesto Bee (CA), 24 de marzo, 2011
Merced Sun-Star (CA), 24 de marzo, 2011
Juneau Empire (AK), 25 de marzo, 2011
Centre Daily Times (PA), 25 de marzo, 2011
Walworth County News (WI), 26 de marzo, 2011
Janesville Gazette (WI), 26 de marzo, 2011
Fresno Bee (CA), 26 de marzo, 2011
Sioux Falls Argus Leader (SD), 26 de marzo, 2011
West Nyack Journal (NY), 27 de marzo, 2011
White Plains Journal News (NY), 27 de marzo, 2011
Deseret News (UT), 27 de marzo, 2011
Youngstown Vindicator (OH), 28 de marzo, 2011
Atlanta Journal-Constitution (GA), 29 de marzo, 2011

“El Presidente no tiene poder bajo la Constitución para autorizar unilateralmente un ataque militar en una situación que no presenta una verdadera o inmediata amenaza al país.”

Así lo dijo el Senador Barack Obama, el 20 de diciembre, 2007, oponiéndose a la idea de que el Presidente Bush podría bombardear a Irán sin la autorización del Congreso.  Pero ahora está haciendo precisamente a lo que se opuso cuando aún no representaba los intereses de la política extranjera de Estados Unidos – es decir, un imperio.

Los fundadores de este país no querían controlar al mundo entero, y es por eso que escribieron una Constitución dándole el poder de declarar guerra a los representantes del pueblo.

El estadounidense común, al contrario de la mitología popular, cree en estos ideales mucho más que los elites que controlan la política exterior.  Para apoyar una guerra, a el o a ella hay que mentirle durante años y hacerle creer que existe una seria amenaza a nuestra propia seguridad.  Irak es sólo el ejemplo más obvio y reciente donde el 70 por ciento de la población estaba convencida de que Saddam Hussein estuvo detrás de las masacres del 11 de septiembre.  Y aún así, la mayoría de la población estaba en contra de invadir Irak.

Para los elites de la política exterior, a pesar de su punto de vista sobre Irak, la guerra es simplemente una extensión de la política.  Sus hijos e hijas no tienen que luchar o volver discapacitados o muertos, y ellos no sufren las consecuencias económicas.

Es por esta diferencia en actitudes que este gobierno decidió ir la guerra en Libia sin consultarle al Congreso, a pesar de trabajar con el Consejo de Seguridad de la ONU y la Liga Árabe.  Hay serias razones para que un funcionario electo dude en apoyar la implicación de Estados Unidos en otra guerra con otro lejano país Musulmán con poca o ninguna relevancia a nuestra seguridad nacional.

No sabemos cuanto durará esta guerra; podría durar años.  La historia demuestra que es mucho más fácil empezar una guerra que terminarla; aún hay 100.000 soldados estadounidenses en Afganistán después de nueve años, a pesar de una encuesta reciente del Washington Post mostrando que casi dos tercios de la población de Estados Unidos piensa que la guerra no vale la pena.

En tan sólo unos cuantos días de bombardear a Libia hemos gastado cientos de millones de dólares y seguramente esto llegará hasta los mil millones.  El Congresista Barney Frank, hablando por millones de personas, dijo que la acción militar es un “tema fiscal,” y que varios estadounidenses morirán al despedir a bomberos y policías.  Pero de alguna manera siempre encontramos unos cuantos miles de millones extra para la guerra.

El pueblo estadounidense, razonablemente, duda en que otra guerra en un país petrolero sea motivada por consideraciones humanitarias.  Nuestros líderes han demostrado poca preocupación por el pueblo de Yemen mientras docenas de manifestantes han sido masacrados por uno de nuestros gobiernos aliados.  Además, si Washington y sus aliados verdaderamente buscaran evitar el derramamiento de sangre en Libia, habría un esfuerzo serio para encontrar una solución diplomática para el conflicto – el cual aún no existe.

La intervención extranjera en una guerra civil comúnmente empeora la situación al agudizar los conflictos étnicos.  Más de un millón de Iraquíes han muerto como consecuencia de la invasión de Estados Unidos, la cual causó una sangrienta guerra civil.  La invasión de Afganistán también empeoró su guerra civil.

Varios miembros del Congreso, incluyendo a John Larson, el presidente de la Camarilla Demócrata de la Cámara Baja del Congreso, han exigido que Obama le pida permiso al Congreso para esta guerra.  Ojalá que más congresistas tengan el coraje de unirse a ellos.  Porque sino, el siguiente Presidente podría decidir que tiene el derecho de tomar la decisión de bombardear a Irán.


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C. Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.
 

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