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EL FMI no debería recibir dinero sin antes reformarse

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24 de abril, 2009, Mark Weisbrot   En inglés 24 de abril de 2009, International Herald Tribune, New York Times
7 de mayo de 2009, Página/12

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El Fondo Monetario Internacional cumple 65 este año. Hasta antes de la crisis económica actual, el FMI había reducido su volumen de trabajo drásticamente hasta casi a un nivel de jubilación. Su portafolio de préstamos se redujo un 92 por ciento en cuatro años. Pero como muchas personas de la tercera edad que han sido afectados por la crisis global, el Fondo ha seguido trabajando a pesar de que ya alcanzó la edad para jubilarse – y ahora está expandiendo sus responsabilidades.

El FMI tiene un historial, que parece haber sido casi completamente ignorado en las discusiones de un propuesto aumento de recursos de $750 mil millones. Hace casi doce años, una crisis financiera afectó a Tailandia, Corea del Sur, Indonesia, Filipinas y Malasia. La palabra “contagio” se convirtió en parte del léxico de los reportajes financieros a medida que la crisis se propagaba hacia Rusia, Brasil, Argentina y otros países.

La respuesta del FMI para esa crisis fue rotundamente criticada por algunos economistas en aquel tiempo. Jeffrey Sachs, que entonces estaba en el Instituto para el Desarrollo Internacional de Harvard, llamó al FMI “la fiebre tifoidea de los mercados emergentes, propagando desaceleraciones en país tras país.” El premio Nobel en economía, Joseph Stiglitz, también criticó al Fondo por su mal manejo de la crisis de Asia, y pasó a escribir criticas sistemáticas sobre varias de las políticas del FMI.

Durante la crisis de Asia, el Fondo falló en proporcionar reservas extranjeras cuando más se necesitaba. Después impuso políticas que empeoraron el descenso. Hizo lo mismo en Argentina, y prestó decenas de miles de millones de dólares para apoyar una tasa de cambio insostenible, la cual inevitablemente se desplomó junto con una suspensión de pagos de la deuda soberana récord.
Después de esa experiencia, muchos países de ingresos medianos acumularon divisas para nunca tener que depender del Fondo otra vez.

Nadie en el FMI asumió responsabilidad por los errores que innecesariamente causaron tanto desempleo, pérdidas de producción y pobreza. Ni tampoco se introdujeron reformas importantes a la institución. El Fondo tiene 185 países miembros, pero unos cuantos países ricos – en su mayor parte EE.UU., Europa y Japón – tienen una mayoría sólida y el Departamento del Tesoro de EE.UU. es el supervisor principal del Fondo.

El FMI declara haber cambiado, pero un vistazo a nueve “Acuerdos de Derecho de Giro”– su acuerdo básico de préstamos a corto plazo – que ha negociado desde septiembre del año pasado, revela un número de los mismos errores que cometió en la última crisis. Todos los acuerdos incluyen la reducción de los gastos públicos, aún cuando el FMI declaró su compromiso con promover un estímulo fiscal global.

El Salvador ha firmado un acuerdo con el FMI que no le permite usar una política fiscal expansionista – como lo está haciendo ahora EE.UU. – para contrarrestar la baja en la economía. Como El Salvador ha adoptado el dólar estadounidense como su moneda, la política fiscal – incremento en gastos públicos o impuestos más bajos – es prácticamente la única herramienta que puede usar para combatir una desaceleración que es prácticamente inevitable cuando la economía de EE.UU. continua contrayéndose. El Salvador recibe 18 por ciento del PIB en forma de remesas desde EE.UU., y exporta aproximadamente 9,6 por ciento del PIB hacia ese mismo país.

Pakistán se ha comprometido a una gran reducción de gastos públicos, al igual que a un aumento en las tasas de interés, a pesar del impacto de demanda negativo en la economía. Ucrania también ha tenido que luchar con el Fondo por las reducciones en gastos públicos, a pesar del hecho que su PIB se reducirá en un 9 por ciento este año y el país tiene una deuda pública baja.

Estos y otros ejemplos indican que a pesar de la profundidad de la desaceleración mundial, el Fondo está muy dispuesto a sacrificar el empleo, y a aumentar la pobreza, en busca de otras metas. Un país siempre puede reducir su déficit comercial al contraer su economía, ya que eso causa que los hogares y negocios importen menos. El propósito principal de los préstamos del FMI durante la crisis actual debería ser para permitir que países de bajos y medios recursos puedan hacer lo que los países ricos están haciendo: implementar medidas de estímulo fiscal para contrarrestar la baja en la economía.

La mayoría de los países pueden hacer esto, si no enfrentan problemas en la balanza de pagos. China, por ejemplo, tiene cerca de $2 billones de reservas internacionales, y debido a eso puede continuar con un estímulo fiscal grande. Si el FMI estuviera dispuesto a ayudar, más países podrían seguir el ejemplo.

Los gobiernos no deberían comprometerse a darle más dinero al FMI sin requerir que la institución le haga revisiones a sus más recientes acuerdos, y adopte reformas serias que requieran transparencia y cambios en la política.


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C.  Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es coautor, junto con Dean Baker, del libro Social Security: The Phony Crisis (University of Chicago Press, 2000), y ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica.  Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.