7 de octubre, 2005, Mark Weisbrot En inglés En sueco
El largo fracaso económico en América Latina explota en deseo por cambio
Por Mark Weisbrot
Éste artículo fue publicado en los siguientes periódicos:
Knight-Ridder/Tribune Information Services - 7 de octubre, 2005
Providence Journal (Rhode Island) - 9 de octubre, 2005
eTaiwan News - 9 de octubre, 2005
Duluth News-Tribune (Minnesota) - 10 de octubre, 2005
Miami Herald (Florida) - 15 de octubre, 2005
Los vientos de cambio político y
económico están alcanzando niveles de tormenta severa en Latinoamérica, y no
es difícil ver por qué: la región ha sufrido un fracaso económico de 25
años, sin precedentes en su historia moderna.
En una conferencia en Bogotá,
Colombia, la semana pasada, José Serra-el alcalde de la mega-ciudad brasileña,
Sao Paulo-sostuvo que el "consenso de Washington" había fracasado en
Latinoamérica, y que se necesitaba crear un nuevo modelo económico. Serra,
quien sirvió como Ministro de Salud durante el previo gobierno (centrista)
brasileño y quien está, hoy en día, muy cerca del presidente Lula da Silva en
las encuestas sobre las elecciones de 2006, indicó que Brasil tenía una de las
economías de crecimiento más rápido en el mundo durante los 1960s y 1970s.
Desde 1980 el ingreso per cápita en Brasil ha crecido a menos de 0,5 por ciento
anualmente.
Serra está en lo cierto. Brasil
tuviera hoy niveles de vida como los de Europa si su economía hubiera crecido
como lo hizo previo a 1980. La historia es similar para México, país que
dobló su ingreso por persona durante el período 1960-1980, pero que ha
presenciado un crecimiento sin brillo desde entonces. Para la región en
general, el crecimiento del PIB (o ingreso) per cápita-la medida más básica
de éxito o fracaso económico-fue cerca de 82 por ciento de 1960 a 1979, pero
solamente de 9 por ciento de 1980 a 2000 y de un ínfimo 1 por ciento de 2000 a
2005.
No hay manera alguna de esconder
un colapso como éste. Una generación y media ha perdido la oportunidad de
mejorar su nivel de vida.
El fracaso ocurrió durante el
período en que los gobiernos Latinoamericanos adoptaron cierto número de
reformas económicas que suponían promover el crecimiento económico. Dichas
reformas fueron intensamente promovidas por los EE.UU., así como también por
instituciones dominadas por Washington como el FMI y el Banco Mundial, algunas
veces con considerable presión económica y política.
El comercio fue liberalizado y
los aranceles promedio fueron tajados por la mitad desde los años 70s. Las
restricciones sobre el flujo de inversiones extranjeras fueron eliminados o
drásticamente reducidas en la mayoría de países. Sólo en los 1990s, más de
$178 mil millones de las industrias estatales fueron privatizadas-más de 20
veces el valor de la privatización en Rusia después del colapso de la Unión
Soviética. Los gobiernos también adoptaron tasas más altas de interés y una
política fiscal más ajustada. La tasa de interés a corto plazo fijada por el
banco central de Brasil es actualmente de 19,5 por ciento, comparado con una
tasa de 3,75 por ciento en los EE.UU.
El resultante fracaso económico
de largo plazo ha producido una reacción popular y electoral en contra de las
reformas, las cuales frecuentemente reciben el nombre de "neoliberalismo"
en América Latina. En los últimos siete años, candidatos populistas de
izquierda que se han lanzado en contra de las políticas "neoliberales"
han tomado la presidencia en Argentina, Brasil, Ecuador, Uruguay y Venezuela.
Bolivia es posiblemente el próximo país en que esto suceda y en México, el
anterior alcalde de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, de la
oposición izquierdista, el Partido Revolucionario Democrático, el cual ha
denunciado los "veinticinco años de fracaso económico" en el país,
está a la cabeza de las elecciones presidenciales del próximo año.
La revuelta electoral ha tenido
ya algunos resultados positivos. Argentina, después de haber protagonizado el
incumplimiento más grande de la deuda soberana antes visto, rechazó las
prescripciones económicas del FMI, tomó una postura rígida para con los
acreedores extranjeros y, sin asistencia alguna, ha crecido a casi un 9 por
ciento anualmente durante los últimos dos años y medio. El gobierno venezolano
ha mantenido su promesa de compartir la riqueza petrolera del país con los
pobres, quienes conforman la mayoría de la población venezolana, al proveer
acceso gratis a servicios de salud, productos alimenticios subsidiados y un
mejor acceso a programas de educación y alfabetismo.
Por su parte, a Washington
todavía le falta aceptar la nueva realidad. Dada la importancia que los
cubanos-estadounidenses concentrados en la Florida tienen para nuestras
elecciones nacionales, es políticamente más conveniente culpar al presidente
venezolano Hugo Chávez-o incluso hasta Fidel Castro-por el creciente malestar
político y social en la región. Pero estas revueltas han sido netamente
engendradas en casa, y son el resultado predecible de un prolongado y fracasado
experimento económico.
Mark Weisbrot
es codirector del Centro de
Investigaciones Económicas y de la Política.
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