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El tan esperado apocalipsis en Venezuela es poco probable

Mark Weisbrot
The Guardian, 7 de noviembe
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Este artículo también fue publicado en Últimas Noticias 

Desde hace más de una década, aquellos que se oponen al gobierno de Venezuela –lo que incluye la mayoría de los grandes medios occidentales– han insistido en que la economía venezolana implosionaría. Como los comunistas de los años 30 que apostaban por la crisis final del capitalismo, generalmente se imaginaron que el colapso económico de Venezuela se encontraba apenas doblando la esquina. Cuan frustrante habrá sido para ellos presenciar apenas dos recesiones: una causada directamente por el paro petrolero que protagonizó la oposición (diciembre 2002 – mayo 2003) y la otra, producto de la crisis mundial (2009 y la primera mitad del 2010). A pesar de estas recesiones, el rendimiento económico de la década entera, tomando en cuenta que el gobierno solamente logró el control de la compañía nacional de petróleos en el 2003, resultó ser bastante satisfactorio, con un incremento promedio anual en el ingreso real per cápita del 2,7 por ciento, una pobreza rebajada a más de la mitad y avances significativos para la mayoría en cuanto a empleo, acceso a servicios de salud, pensiones y educación.

Ahora Venezuela se enfrenta a problemas económicos que alientan los ánimos de esos corazones que odian. Vemos la mala noticia cada día: los precios de los bienes de consumo han subido 49 por ciento con respecto al año pasado; un mercado negro donde el dólar se cotiza siete veces por encima de la tasa oficial; la escasez de productos básicos, desde la leche hasta el papel higiénico; la desaceleración económica, la caída en las reservas del Banco Central ¿Será que aquellos que gritaban “¡Lobo!” verán por fin concretarse sus sueños?

Es poco probable. En los análisis de la oposición y de los medios internacionales, Venezuela está entrampada en un espiral de inflación y devaluación. La hiperinflación, una deuda externa en aumento y una crisis en la balanza de pagos marcarían el final de este experimento económico.

Pero en el año 2012, Venezuela alcanzó los $93,6 billones en ingresos petroleros, frente a importaciones totales en la economía –a unos niveles históricamente altos– de $59,3 billones. La cuenta corriente en la balanza de pagos registraba un superávit de $11 billones. Los pagos de intereses sobre la deuda pública externa sumaban apenas $3,7 billones. A este gobierno no se le van a agotar los dólares. Actualmente, el Banco Central cuenta con $23 billones en reservas, y los propios economistas de la oposición estiman que existen otros $15 billones en manos de otras instancias del gobierno, sumando así un total de $36,4 billones. Normalmente, las reservas que puedan cubrir tres meses de importaciones son consideradas suficientes; Venezuela cuenta con las reservas necesarias para cubrir por lo menos ocho meses, y posiblemente más. También tiene la capacidad de solicitar créditos a nivel internacional.

Un problema es que la mayor parte de las reservas del Banco Central se encuentran en oro. Pero el oro se puede vender, aunque se trate de un activo mucho menos líquido que otros ahorros, como lo son los bonos del tesoro de EEUU. Parece algo descabellado pensar que el gobierno corra el riesgo de pasar por una crisis en la balanza de pagos en vez de vender su oro.

La hiperinflación también es una posibilidad muy remota. Durante los primeros dos años de la recuperación económica, que comenzó en junio del 2012, la inflación venía cayendo aun cuando el crecimiento económico se aceleró al 5,7 por ciento para el 2012. En el primer trimestre del 2012 alcanzó un punto bajo de apenas 2,9 por ciento, equivalente a una tasa anual del 12,1 por ciento. Todo ello demuestra que Venezuela, a pesar de sus problemas, es muy capaz de generar un crecimiento saludable, incluso mientras se lleva la inflación a la baja.

Lo que verdaderamente disparó la inflación, ya hace un año, fue un recorte en el suministro de dólares al mercado de cambio de divisas, los cuales se redujeron a la mitad en octubre del 2012 y prácticamente fueron eliminados en febrero. Esto hizo que más importadores tuvieran que comprar dólares cada vez más caros en el mercado negro. La devaluación de febrero también contribuyó en algo a la inflación, aunque probablemente no tanto.

Pero desde entonces el gobierno ha aumentado sus subastas de dólares, anunciando también un plan para aumentar las importaciones de alimentos y otros bienes, lo cual seguramente ejercerá cierta presión hacia la baja en los precios.

Ciertamente, Venezuela se enfrenta a algunos problemas económicos serios. Pero éstos no son del tipo que sufren por ejemplo Grecia (ya en su sexto año de recesión) o España, que se ven atrapadas en un arreglo donde la política macroeconómica es fijada por factores cuyos objetivos entran en conflicto con su recuperación económica. En cambio, Venezuela cuenta con suficientes reservas e ingresos en divisa extranjera para hacer lo que quiera, incluyendo empujar hacia abajo el valor del dólar en el mercado negro y eliminar buena parte del desabastecimiento. Estos son problemas que pueden ser resueltos de manera relativamente rápida mediante cambios en las políticas. Venezuela –al igual que la mayor parte de las economías del mundo– también sufre problemas estructurales de largo plazo, como lo son una sobredependencia respecto del petróleo, una infraestructura deficiente y una capacidad administrativa limitada. Pero no son éstas las causas de sus dificultades actuales.

Mientras tanto, la tasa de pobreza cayó en un 20 por ciento en Venezuela el año pasado. Esto representa sin duda alguna la reducción más significativa de la pobreza en todo el continente americano para el año 2012, y una de las más importantes –tal vez la más importante– en el mundo. Las cifras están disponibles en la página web del Banco Mundial, pero prácticamente ningún periodista ha emprendido el muy peliagudo viaje por el ciberespacio para encontrarlas y difundirlas. Toca preguntarse, ¿por qué será que se les pasó el dato?


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research, en Washington, D.C. También es presidente de la organización de política exterior, Just Foreign Policy.

 

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