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¿Cambiará Obama la política estadounidense para con América Latina?

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18 de febrero, 2009, Mark Weisbrot   En inglés

¿Cambiará Obama la política estadounidense para con América Latina?

Por Mark Weisbrot

18 de febrero, 2009, The Guardian Unlimited

Lea el artículo en la publicación original (en inglés)

En inglés

Las relaciones entre Estados Unidos y América Latina empeoraron a niveles récord durante los años de George Bush, y han habido esperanzas – al norte y al sur de la frontera – de que el Presidente Barack Obama traiga una nueva propuesta. Sin embargo, hasta ahora, todo parece indicar que habrá continuidad en vez de un cambio.

Obama comenzó con un asalto verbal sin provocación contra Venezuela. En una entrevista televisada por el canal de habla hispana Univisión el domingo antes de su inauguración, acusó a Hugo Chávez de haber “impedido el progreso en la región” y de “exportar actividades terroristas”.

Estos comentarios fueron inusitadamente hostiles y amenazadores aún cuando se les compara con los estándares de la administración anterior. También son falsos y se oponen diametralmente a la manera en que el resto de la región ve a Venezuela. La acusación de que Venezuela está “exportando terrorismo” no sería aceptada, en lo más mínimo, por casi ninguno de los gobiernos en América Latina.

José Miguel Insulza, el presidente chileno de la Organización de los Estados Americanos, hablaba por casi todos los países del hemisferio cuando le dijo al congreso estadounidense el año pasado que “no hay evidencia” y que ningún país miembro, incluyendo a Estados Unidos, había ofrecido “semejante evidencia ” de que Venezuela apoyase grupos terroristas.

Ni tampoco ven los otros países a Venezuela como un obstáculo para el progreso en la región. Al contrario, el Presidente Lula da Silva de Brasil, junto con varios otros presidentes de Sur América, ha defendido en repetidas ocasiones a Chávez y su papel en la región. Justo unos días después de que Obama denunciara a Venezuela, Lula estaba en el estado sureño de Zulia, donde enfatizó su asociación estratégica con Chávez y sus esfuerzos en común para la integración económica regional.

Los comentarios de Obama no fueron un accidente. Quien le haya proporcionado estas líneas muy probablemente intentaba enviar, antes del referéndum del domingo pasado, un mensaje al electorado venezolano de que Venezuela no tendrá relaciones aceptables con Estados Unidos mientras Chávez sea su presidente electo. (Los votantes decidieron eliminar los limites a la reelección de funcionarios electos, allanando el camino para que Chávez se postule al poder otra vez en el año 2013).

Hay definitivamente por lo menos una facción dentro de la administración de Obama que quiere continuar las políticas de Bush. James Steinberg, segundo al mando después de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, dio un golpe innecesario a Bolivia y Venezuela durante el proceso de su confirmación, al decir que Estados Unidos debería proporcionar un “contrapeso a gobiernos como los que actualmente están en el poder en Venezuela y Bolivia, los cuales siguen políticas que no sirven los intereses de sus pueblos o de la región”.

Otra señal de continuidad es que Obama todavía no ha reemplazado al funcionario principal de Bush en el Departamento de Estado para el hemisferio occidental, Thomas Shannon.

Los medios de comunicación juegan el papel de consentidores en esta situación. De este modo, la Associated Press ignora los ataques de Washington y muestra la respuesta de Chávez como nada más que una táctica electoral de su parte. De hecho, Chávez se había  mostrado inusualmente moderado. No respondió a ataques durante la larga campaña presidencial en Estados Unidos, aún cuando Hillary Clinton y Joe Biden lo llamaron un “dictador” y Obama lo describió como “despótico” – etiquetas que ningún politólogo serio en cualquier lugar aceptaría para describir a un gobierno democráticamente electo en un país donde la oposición domina los medios de comunicación. Chávez dejó pasar estos comentarios por considerar que se debían a la influencia del sur de Florida en las elecciones presidenciales.

Pero existen pocos presidentes en el mundo, o ninguno, que aceptarían repetidos abusos verbales de otro gobierno sin responder. Los asesores de Obama saben que no importa lo que su administración le haga a Venezuela, la prensa va a mostrar a Chávez como el agresor. Así que es un cálculo político fácil, o hasta cínico, para que ellos envenenen las relaciones desde el comienzo. Lo que no se dan cuenta es que al hacer esto están alienando a la mayoría de la región.

Todavía hay esperanzas de un cambio en la política exterior de Estados Unidos para con América Latina, política que se ha desacreditado completamente por situaciones desde la guerra contra las drogas, el embargo sobre Cuba y hasta la política comercial. Pero como en los años de Bush, necesitaremos la implacable presión por parte del Sur. El pasado septiembre la Unión de Naciones Suramericanas apoyó totalmente al gobierno de Bolivia en contra de la violencia de la oposición y actos de desestabilización. Esto tuvo un gran éxito para contrarrestar el apoyo tácito de Washington a otros elementos más extremistas de la oposición en Bolivia. Le mostró a la administración de Bush que la región no iba a tolerar ningún intento por legitimar una oposición ilegal en Bolivia u otorgarle derechos especiales fuera del proceso democrático político. 

Varios presidentes, incluyendo a Lula, le han pedido a Obama que levante el embargo sobre Cuba, mientras lo felicitaban por su victoria. Lula también le pidió a Obama que se reuniera con Chávez. Esperamos que estos gobiernos afirmen – repetidamente, públicamente y en una voz – que los problemas de Washington con Cuba, Bolivia y Venezuela son los problemas de Washington, y no el resultado de algo que estos gobiernos hayan hecho. Cuando el equipo de Obama se convenza de que un enfoque en “dividir y conquistar” en la región fracasará tan miserablemente durante esta administración, así como pasó en la anterior, entonces veremos los comienzos de una nueva política hacia América Latina. 


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C.  Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es coautor, junto con Dean Baker, del libro “Social Security: The Phony Crisis” (University of Chicago Press, 2000), y ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica.  Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.