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La democracia Venezolana en estado de sitio

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Mark Weisbrot, 21 de octubre, 2002    En inglés

La democracia Venezolana en estado de sitio

Por Mark Weisbrot

Knight-Ridder/Tribune Information Services - 17 octubre, 2002 
Miami Herald -  21 octubre, 2002

Hace doce años, un sacerdote populista llamado Jean-Bertrand Aristide asumió la presidencia de Haití en las primeras elecciones democráticas del país.  Un empresario resumió la actitud de la pequeña pero terca élite de Haití: “Todos quienes se consideren ser alguien están en contra de Aristide – ¡menos el pueblo!”

La clase alta de Venezuela ha adoptado una actitud semejante con respecto a su propio presidente populista – Hugo Chávez – al cual quieren derrocar.  Se niegan a respetar los resultados de unas elecciones democráticas, y menosprecian a la mayoría de sus compatriotas.  Este lunes, la Cámara de Comercio más importante del país, junto con algunos líderes del movimiento sindical, intentarán otro paro general con el propósito de exigirle la renuncia al Presidente.

Las semejanzas no acaban aquí: Aristide fue derrocado con un golpe de Estado liderado por militares de los cuales se descubrió luego eran pagados por la CIA.

Chávez sobrevivió a un desafío semejante hace seis meses, cuando un golpe militar sacudió su gobierno por dos días.  Su presidencia – y la democracia venezolana – fue rescatada, no sólo por sectores leales a la Constitución dentro de las Fuerzas Armadas, sino también por miles de personas que arriesgando sus vidas salieron a las calles para defender a su gobierno.

Venezuela se está aproximando a una guerra civil, y una vez más Washington es parte del problema.  Al principio, la administración Bush saludó el golpe del 11 de abril, luego se vio obligada a retractarse en vista de la vergüenza internacional a la cual se había expuesto cuando el golpe fracasó.  Mucha evidencia circunstancial – incluyendo varias reuniones entre oficiales estadounidenses y los lideres del golpe – evidencian que el apoyo de nuestro gobierno al golpe era más que un guiñito.

¿Qué ha aprendido la administración Bush en los últimos seis meses, desde el fracasado golpe en Venezuela?  No mucho, aparentemente.  El Departamento de Estado estadounidense se auto-investigó y sin sorprender a nadie, no encontró ninguna evidencia de mala intención – y la investigación concluyó que nuestros diplomáticos no fueron lo suficientemente claros al momento de expresar su rechazo al golpe. 

Actualmente, ante la intensificación de nuevos esfuerzos de golpe, Washington se ha mantenido extrañamente silencioso.  Lideres de la oposición venezolana ciertamente, no tienen razones para creer que un gobierno golpista sufriría algún tipo de ruptura de relaciones diplomáticas o comerciales con los EE.UU.

Aunque no tan abiertamente prejuiciados como la prensa venezolana, los medios estadounidenses han igualmente presentado una visión distorsionada de la situación en Venezuela.  Chávez es presentado frecuentemente como una especie de dictador, cuando en realidad su gobierno es uno de los menos represivos en América Latina.  Nadie ha sido arrestado por atentar de derrocar al gobierno, un crimen que llevaría un largo encarcelamiento en muchos países, y la pena de muerte en los EE.UU.

La prensa aquí suele repetir la acusación que esgrime la oposición venezolana – que Chávez está instalando un “socialismo tipo cubano”.  Pero esta afirmación es tan absurda que hace reír. Venezuela es el país capitalista de siempre, y no ha habido ninguna movida que busque un mayor control estatal de la economía desde la elección de Chávez en 1998.

La economía venezolana está actualmente en plena y profunda recesión, situación que se ha empeorado por una fuga de capitales de miles millones de dólares y una reducción en la  inversión debida a la incertidumbre política.  También sufre de un deterioro económico a largo plazo considerablemente peor al de toda la América Latina como continente.  El ingreso per cápita venezolano ha disminuido en más de un 20 por ciento, desde el 1980. 

Aunque el gobierno de Chávez ha registrado algunos logros significativos para los pobres en términos de matrícula escolar y acceso a los servicios de salud, todavía enfrenta el obstáculo a corto plazo de recuperación económica y el problema de detener el deterioro del país.  Pero Venezuela no está sola a este respecto: América Latina como región no ha visto casi nada de crecimiento en sus ingresos per capita en las últimas dos décadas, y se predice una disminución para este año.

El ascenso de gobiernos populistas y progresistas, cómo el del Partido de los Trabajadores en Brasil – cuyo candidato Lula da Silva está posicionado para ganar la presidencia en algunas semanas – continuará.  Es una respuesta lógica al experimento económico fracasado – conocido como el Consenso de Washington – conducido en América Latina a un muy alto costo en los últimos 20 años.  Esta tendencia no podrá ser detenida, tal como se ha hecho tantas veces en el pasado, con el apoyo de Washington, por medio de golpes de Estado, violencia, o presiones económicas.  Nuestro gobierno – al igual que las elites venezolanas – tendrán que aprender a aceptar la idea de la democracia, en donde el gobierno y aun algunas de sus políticas económicas, se deciden en elecciones, por voto popular.