La historica transicion del FMI: Entre menos, mejor?

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27 de abril, 2008, Mark Weisbrot   En inglés 27 de abril, 2008, Los Angeles Times
1 de mayo, 2008, AlterNet
20 de mayo, 2008, Post-Autistic Economics Review

 

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Como resultado de los desastres que ha causado, la institución  está perdiendo influencia y dinero.

‘El FMI ha regresado’, declaró Dominique Strauss-Kahn, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, en la reunión anual de primavera de esa institución que se llevó acabo este mes en Washington. Y justo a tiempo para ayudar a resolver la crisis económica mundial, o por lo menos eso dicen los economistas de la organización  (mientras conversan en hoteles de cinco estrellas, transitan en limosinas negras, y comen en restaurantes lujosos con banqueros, hombres de negocio y ministros de finanzas de alrededor del mundo entero).

Pero a pesar de esta envalentonada retórica, la realidad es que el FMI ya no es lo que en algún momento fue. Irónicamente hoy en día, el FMI – la fuerza policial del déficit más famosa del mundo – tiene su propio déficit anual de considerable tamaño, similar al de un país pequeño, de unos $400 millones de dólares y se está viendo forzado ha implementar algunas de las mismas estrategias de “ajuste estructural” que por décadas le ha impuesto a los países endeudados del Tercer Mundo. En los últimos cuatro años, la cartera de préstamos del FMI se ha reducido de $105 mil millones de dólares a menos de $10 mil millones. Más de la mitad de la cartera actual consiste en préstamos concedidos a Turquía y Pakistán. Por esto la agencia ha tenido que reducir el número de empleados y cerrar algunas oficinas para limitar sus gastos.

La perdida de influencia del FMI es probablemente el acontecimiento más importante en más de medio siglo para el sistema financiero internacional. Hasta hace algunos años, el FMI – creado originalmente en 1944 durante la conferencia de cooperación económica internacional de Bretton Woods – era la institución financiara más poderosa del mundo y una de las más importantes avenidas de influencia que tenía Estados Unidos sobre países en desarrollo.

La influencia del FMI no se derivaba tanto de los préstamos que hacía – el Banco Mundial concede un volumen mayor de préstamos – sino de su posición superior en la jerarquía de los acreedores oficiales. Hasta hace unos pocos años, si el gobierno de un país en desarrollo decidía no seguir las condiciones del FMI, se arriesgaba a ser estrangulado económicamente.  El Banco Mundial, los bancos regionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, los países acreedores ricos y a veces hasta el sector privado, retenían los créditos hasta que ese gobierno disidente llegara a un acuerdo con el FMI.

En la cima del cartel de estos poderosos acreedores estaba el Departamento del Tesoro (Ministerio de Finanzas) de Estados Unidos, que mantiene un poder formal de veto sobre muchas de las decisiones del FMI y cuyo poder informal dentro de la organización tiene el efecto de marginar incluso a los demás países ricos. Aún más injusta es la situación de los países en desarrollo, que históricamente han tenido que someterse a las decisiones del FMI, y que tienen poca o ninguna voz en las decisiones de la organización, donde la mayoría de los votos de los 185 países miembros están en manos de los países ricos.  

Pero el FMI ha perdido su credibilidad después de haber presidido sobre una serie de desastres económicos. Por ejemplo, desde los años 80, América Latina ha sufrido su peor fracaso en términos del crecimiento económico a largo plazo en la historia moderna bajo la tutela del FMI. En Rusia el programa del FMI, conocido como “terapia de choque”, subestimó el tiempo que tomaría para hacer la transición de una economía planificada a una economía capitalista a comienzos de los años 90. El resultado fue mucho choque y poca terapia y como resultado, decenas de millones de personas fueron empujadas hacia la pobreza mientras que la economía colapsaba.

En Asia, la crisis financiera a finales de los 90 fue el colmo. El FMI y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, ambos contribuyeron a causar la crisis debido a su presión para que los gobiernos asiáticos eliminaran importantes reglamentos que controlaban el flujo de capital extranjero.  Luego siguieron exacerbando la situación con sus recomendaciones de políticas públicas. El economista Jeffrey Sachs, que ahora es el director del Instituto de la Tierra (Earth Institute) de la Universidad de Columbia, dice que “el FMI se ha convertido en una fiebre tifoidea para los mercados emergentes, regando recesiones en un país tras otro”.   

Algunos de estos errores fueron el resultado de la incompetencia, mientras que otros fueron el resultado de ideología o intereses especiales. Pero la consecuencia de esto fue que los países en desarrollo comenzaron a acumular reserves internacionales para nunca más tener que recurrir a los préstamos del cartel del FMI.

Otro evento que manchó la reputación del FMI fue la crisis económica que supervisó en Argentina entre 1998 y 2000. Durante ese periodo la mayoría de los argentinos se hundió en la pobreza, en lo que antes era uno de los países más ricos de la región. Argentina entonces desafió al FMI y rechazó sus condiciones y sin ningún tipo de ayuda internacional, creó su propio camino, transformándose en la economía con el crecimiento mas rápido del hemisferio occidental. Este acontecimiento en Argentina también fue notado.

El colapso del cartel de acreedores del FMI ha sido un golpe duro a la influencia de Estados Unidos. Esto ha ocurrido de manera más marcada en América Latina, región que antes era considerada como el “patio trasero” de Estados Unidos y que ahora está siendo gobernada por países que son más independientes de Washington de lo que es Europa.

El problema es que los países en desarrollo más pobres, especialmente en África, todavía dependen de la ayuda del FMI (y del Banco Mundial y otras fuentes) para poder financiar sus presupuestos e importaciones necesarias. Esto puede ser dañino para su desarrollo y para su gente. En años recientes, el FMI, insistiendo en que sus condiciones son necesarias para controlar a la inflación, ha impuesto medidas que limitan el gasto público de sus gobiernos y de acuerdo con la misma evaluación interna del fondo, han limitado la capacidad de estos países de usar la ayuda extranjera para financiar necesidades urgentes como el cuidado de la salud y la educación pública.

Estos países deben unirse al resto del mundo en desarrollo para librarse de las condiciones de política del FMI.  El congreso estadounidense también debería considerar legislación que presione al FMI a limitar su control sobre países pobres, y para usar parte de sus grandes reserves de oro para el financiamiento de la condonación de la deuda de estos países. Estos serían pasos muy importantes para la gente pobre de todo el mundo.  


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C.  Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es coautor, junto con Dean Baker, del libro Social Security: The Phony Crisis (University of Chicago Press, 2000), y ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica.  Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.