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¿Se puede prevenir la guerra contra Irán?

Mark Weisbrot
Últimas Noticias, 1 de diciembre 2013
The Hill, 5 de diciembre

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“Obama marca un cambio desde el poder militar hacia la diplomacia”, fue el titular de un reportaje del New York Times el pasado martes, tras el acuerdo de “primer paso” alcanzado con Irán el fin de semana anterior. El titular releva muchas cosas: el que EEUU esté recurriendo a la diplomacia – justamente el procedimiento estándar de relaciones exteriores que la mayoría de los demás países emplea – es una noticia que merece una portada. El titular nos da a entender qué tan diferente es nuestro gobierno del resto del mundo; y cuánto más los residentes en Estados Unidos tenemos que hacer con el fin de evitar las guerras.

Y la prevención resulta ser la única vía. Para cuando más de 20 millones de personas ocupaban las calles a nivel mundial protestando en contra de la planeada invasión a Irak, ya era demasiado tarde. Y una vez la guerra comienza, es muy difícil de parar. Así, tenemos a Afganistán, que es actualmente la guerra más larga de la historia de EE.UU.

Los medios ignoran en gran parte lo que es obvio. Y es que no se hubiera llegado a ningún acuerdo con Irán si Obama hubiese sido capaz de llevar a cabo su plan de bombardear Siria. Así que ya podemos agradecer a los estadounidenses “mamaos de la guerra” –tal como la prensa nos llama–, y especialmente a los que están organizados –incluyendo a los 8 millones de miembros de Moveon.org– por prevenir al Congreso de apoyar la campaña bélica del presidente Obama. También debemos agradecer al movimiento anti-guerra en Reino Unido por hacer que Cameron diera su brazo a torcer, y dejara a Obama incluso más aislado internacionalmente de lo que lo estuvo George W. Bush cuando se preparó para la invasión en Iraq.

Es irónico, pues todo lo que oímos en los medios es que los deseos de los iraníes de deshacerse de las sanciones impuestas y lideradas por EE.UU, al igual que la elección de Rouhani, fueron el empujón hacia este avance. Pero ayuda mirar el otro lado de la ecuación. No hace mucho que el gobierno de Obama ha estado preparando el terreno para que el próximo presidente vaya a la guerra con Irán, de la misma forma que el Gobierno de Clinton creó las condiciones para que Bush fuera a la guerra de Irak: con sanciones paralizantes, con amenazas de acciones militares ilegales, y tal vez lo más importante, una campaña de relaciones públicas para convencer a los norteamericanos de la absoluta falsedad de que esta lejana nación, con una relativamente escasa capacidad militar, representaba una amenaza para su seguridad.

Pero ahora, el New York Times nos cuenta que un “‘Cambio de régimen’ en Irán o incluso en Siria ha pasado de moda, y que hacer acuerdos con antiguos adversarios es lo que está en boga”. Ciertamente, esto sería un histórico viraje, si fuera verdad; así como un “más vale tarde que nunca” para las promesas de campaña de Obama en 2008.

Pero la alianza para la guerra todavía tiene mucho peso: aunque el primer ministro de Israel, Netanyahu, parezca aislado internacionalmente, sus aliados aún son dueños de un considerable pedazo del Congreso de EEUU. De hecho, el Senado hizo un intento serio de sabotear las últimas negociaciones mediante la imposición de nuevas sanciones a Irán, sanciones que el líder de la mayoría demócrata, Harry Reid, fue capaz de aplazar hasta después de que se llegó a un acuerdo el sábado. Además, el gobierno francés también trató de dinamitar el acuerdo, creando así una nueva competencia para ver qué gobierno tiene más sed de guerra a nivel mundial.

Exitosamente, EEUU y sus aliados han satanizado a Irán ante los ojos del mundo occidental (como lo han intentado durante la última década con Venezuela, el segundo blanco más importante para Washington respecto a un cambio de régimen). Por tanto, la mayor parte de los discursos que leemos son sobre si Irán puede ser confiable. Pero retrocedamos un poco y cambiemos de mirilla por un momento. En un artículo escrito en la revista Foreign Affairs, el periodista iraní Akbar Ganji señala que a los ojos del líder supremo iraní Ali Khameni:

"A pesar de la disposición al compromiso de Khatami [ex presidente iraní], de sus amables palabras hacia los estadounidenses, de su cooperación en derribar a los talibanes, y en las posteriores negociaciones de Bonn para instalar un gobierno pro-americano en Afganistán; el presidente de EEUU, George W. Bush, incluyó a Irán en su 'eje del mal' ".

Asimismo, Irán había suspendido previamente su enriquecimiento de uranio durante dos años, y no obtuvo nada de ello; ni siquiera el levantamiento de algunas de las sanciones impuestas. Más aún, Muammar al-Gaddafi desmanteló completamente su programa nuclear – y, se pueden añadir, fue tan lejos en su cooperación como para torturar a sospechosos de terrorismo que Washington le envió. Sin embargo, la OTAN participó en su derrocamiento. Para gran parte del mundo, esto fue visto como un macabro mensaje de que se puede hacer todo lo que Washington quiera, e incluso ellos te destrozarán si ven la oportunidad.

Por tanto, una "construcción de confianza” es necesaria en ambos lados. La fundamental limitación existente en el lado de Washington es la opinión pública del país, donde el último sondeo de esta semana muestra que sólo el 20 por ciento de la población estadounidense apoyaría un ataque militar si las conversaciones fracasan. Los estadounidenses tendrán que estar vigilantes, y los organizadores contra la guerra habrán de estar activos y fuertes, si la –largamente amenazada– guerra contra Irán se tuviese que evitar.


 

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research, en Washington, D.C. También es presidente de la organización de política exterior, Just Foreign Policy.

 

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