Todavía un
escándalo: la presencia de Washington en Nicaragua 20 años después del caso
Irán-Contra
por Mark Weisbrot
Este artículo se publicó en los siguientes fuentes:
Bergen Country Record (NJ) - 3 de noviembre, 2006
Passaic County Herald (NJ) - 3 de noviembre, 2006
Common Dreams - 3 de noviembre, 2006
Znet - 5 de noviembre, 2006
Imaginemos
a Osama bin Laden visitando Estados Unidos diez o quince años en el futuro,
diciéndole a los ciudadanos estadounidenses por quién deberían votar para
evitar grandes consecuencias en contra de su bienestar. Esto nunca pasaría, pero en Nicaragua
algo muy similar está ocurriendo en la antesala a las elecciones presidenciales
de este país el 5 de noviembre.
El ex teniente coronel
estadounidense Oliver North, quien ayudó a organizar y recaudar fondos para una
organización terrorista que destruyó Nicaragua en los años 80s, regresó a la
‘zona cero’ de ese país a finales de octubre para aconsejar a los nicaragüenses no reelegir a Daniel
Ortega.
La primera vez que Daniel Ortega
llegó al poder fue durante la revolución Sandinista de 1979, que derrocó la
brutal dictadura, apoyada por Washington, de Anastasio Somoza. La familia Somoza había estado en el poder
desde la invasión y ocupación de los marines estadounidenses que duró
desde 1927 hasta 1933.
Pero la CIA pronto llegó con armas
y dinero para los defensores de la derrocada dictadura, la odiada Guardia
Nacional de Somoza. Pronto, luego de
que empezaran a ser conocidos como ‘contras,’ comenzaron a matar trabajadores
de salud, profesores, y funcionarios electos. La CIA hasta llegó a preparar un
manual que abogaba por el asesinato de estos últimos. Los contras preferían atacar a estos “blancos débiles” antes que
atacar a las fuerzas armadas. En este sentido,
eran una organización terrorista; también usaban métodos de tortura y violaciones
como armas políticas.
Estas atrocidades llevaron a que
los contras fueran repudiados internacionalmente por grupos en defensa de los
derechos humanos como Amnistía Internacional y el Observatorio de las
Américas. Los Sandinistas llevaron a
Estados Unidos a la Corte Mundial por sus acciones terroristas – la misma corte
donde Estados Unidos había ganado contra Irán solo unos años antes en el caso
de los rehenes estadounidenses. El
veredicto de la corte fue a favor de Nicaragua, ordenando reparaciones
estimadas en 17 mil millones de dólares.
La atrocidad de los crímenes
cometidos y la intervención directa de la administración de Reagan causó
indignación en millones de estadounidenses, mucho más después de que Ortega fue
electo democráticamente en 1984.
Liderados por activistas de la comunidad religiosa, cerca de cientos de
miles de ciudadanos estadounidenses se organizaron en contra del financiamiento
de los contras por parte de Estados Unidos y convencieron al Congreso para que
acabara con dicho financiamiento. Aquí
es donde Oliver North aparece: en nombre de la administración de Reagan,
ilegalmente vende armas a Irán y usa las ganancias para seguirle dando apoyo
económico a los contras. Esto se
convirtió en el infame escándalo “Irán-Contra” que se hizo público hace veinte
años.
North fue sentenciado por varios
graves delitos en conexión a su actividad en los crímenes en el caso denominado
Irán-Contra, pero nunca estuvo en la cárcel porque él apeló su sentencia y
logró que ésta fuera revocada en base a un aspecto técnico. En 1990, un pueblo desgastado por la guerra,
decidió no votar por los Sandinistas, quienes perdieron las elecciones en medio
de comentarios por el presidente George H. W. Bush con los que dejaba claro que
la violencia continuaría en caso que los Sandinistas fueran reelectos.
La economía nicaragüense nunca logró recuperarse de
la guerra y el embargo estadounidense.
Hoy es el segundo país más pobre del hemisferio, con un ingreso por
persona por debajo de lo que fue en 1960.
Ahora Washington está tratando
de sacarle provecho a su pasado terrorista, usando una variedad de amenazas,
para lograr lo mismo que en 1990. El Secretario de Comercio de Estados Unidos,
Carlos Gutiérrez, advirtió que las “relaciones con nuestro país fueron
limitadas y afectadas cuando los Sandinistas llegaron el poder” y la
Congresista Republicana Dana Rohrabacher advirtió sobre la posibilidad de otro
embargo e impedir el envío de vitales remesas que los nicaragüenses en Estados Unidos hacen a
sus familiares en Nicaragua. El
Embajador de Estados Unidos en Nicaragua, Paul Trivelli, ha roto protocolo al
advertir abiertamente que Estados Unidos “reevaluaría sus relaciones” con
Nicaragua si gana Ortega, quien se encuentra en primer puesto en las encuestas
con 35 por ciento de intención de voto.
La intervención de funcionarios
estadounidenses ha sido tal que hasta la Organización de Estados Americanos
públicamente les reprochó su actitud y les pidió que no se metieran en las
elecciones. Mientras tanto, millones de
dólares en dinero proveniente de impuestos pagados por ciudadanos
estadounidenses están siendo usados como fondos para una supuesta “promoción de
la democracia” en Nicaragua, fondos que anteriormente se han usado para
influenciar las elecciones en este país.
Hay propagandas de televisión que muestran cuerpos inertes, cadáveres de
la guerra de los años 80s como una advertencia de lo que podría suceder si los
nicaragüenses
votan por el candidato “equivocado”.
Desde entonces, Ortega ha
perdido a muchos de sus aliados del pasado, que ahora le reprochan por haber
“pactado” con el corrupto ex-presidente Arnoldo Alemán y de esta manera socavar
la democracia. Un grupo Sandinista reformista participa en las elecciones
presidenciales y su candidato es Edmundo Jarquín quien mantiene un 14 por
ciento de la intención del voto.
Pero pase lo que pase en los
resultados presidenciales en Nicaragua, la intervención de Washington en estas
elecciones seguirá siendo – como lo fue en los 80s – una desgracia internacional
para Estados Unidos.
Mark Weisbrot es director adjunto del Centro de Investigación
Económica y de Políticas (Center for Economic and Policy Research—CEPR)
en Washington, EE.UU
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