Es la economía global (¡tonto!) - ¿O será que no?

Print
8 de abril, 2009, Mark Weisbrot   En inglés

Es la economía global (¡tonto!) - ¿O será que no?

Por Mark Weisbrot

8 de abril, 2009, The Guardian Unlimited

Lea el artículo en la publicación original
En inglés

“Éste es el día en que el mundo se unió, para combatir la recesión global. No con palabras, sino con un plan de recuperación global y de reforma y con una agenda clara”, dijo el Primer Ministro del Reino Unido, Gordon Brown, al final de la Cumbre del G-20 la semana pasada.

Pero sus palabras fueron algo exageradas. No hubo ningún plan para la recuperación global o siquiera un compromiso para incrementar un estímulo fiscal. Falta ver qué tipo de reformas realmente se materializarán.

Pero la recuperación y las reformas no dependerán necesariamente de lo que decida hacer el G-20. Retrocedamos a la última gran crisis económica – la que comenzó en Asia en 1997 y se propagó por Rusia, Brasil, Argentina y otros países. En septiembre de 1998, el presidente de la Reserva Federal de EE.UU., Alan Greenspan, advirtió que “simplemente no es creíble que Estados Unidos pueda seguir siendo un oasis de prosperidad inafectado por un mundo que está sufriendo grandes tensiones”. Pero la economía de EE.UU. siguió creciendo durante la crisis, como resultado del consumo impulsado por la burbuja en la bolsa de valores. Esto continuó hasta que se reventó la burbuja, llevando a la economía de EE.UU. a la recesión en 2001.

No debería sorprender a nadie que la economía de Estados Unidos tiene el potencial de crecer aún cuando muchas otras economías se contraen. Ochenta y siete por ciento de lo que se produce en Estados Unidos se consume aquí. Para ser claro, el otro trece por ciento puede hacer una diferencia – pero las recesiones económicas en EE.UU. no surgen de la caída en las exportaciones. Éstas últimas no se comparan con el 47 por ciento del PIB que Alemania exportó el año pasado, o hasta el 28 por ciento de México.

Por su puesto que la recesión global actual es mucho peor y más extendida que la crisis a final de los noventas. Los países de altos ingresos que constituyen la mayor parte de la economía del mundo, incluyendo EE.UU., la Unión Europea y Japón, están casi todos en recesión. Hay grandes desequilibrios, generados durante muchos años, que se están ajustando a un paso que es difícil predecir – incluyendo la tasa de ahorros de EE.UU., la cual había caído a cero para el año 2007.  Y hay grandes debilidades en la mayor parte del sistema financiero global.

No obstante, EE.UU. es capaz de recuperarse por si solo, con un estímulo económico doméstico lo suficientemente grande y una resolución sensible a las grandes insolvencias en el sistema financiero – sin importar lo que otros gobiernos hagan. Al mismo tiempo, la recuperación de EE.UU. ayudará al resto del mundo. El hecho de que el dólar sea la moneda de reserva clave del mundo le da a EE.UU. todavía más libertad para actuar.  Hay fuertes reclamos por parte de los conservadores sobre nuestra manera de gastar libremente frente a una recesión, pero hay inversionistas en todo el mundo que están dispuestos a prestarle dinero al gobierno de EE.UU. a una tasa de interés históricamente baja (tanto real y nominal) de 2,9 por ciento sobre los bonos del Tesoro a diez años. Esto no es señal de una crisis fiscal inminente.

Es bueno que los líderes del G-20 por lo menos estén hablando sobre una cooperación internacional incrementada para enfrentar la desaceleración global, y hay algunas áreas – por ejemplo, la regulación del sector financiero o la prevención del movimiento de capital internacional ilegal y la evasión internacional de impuestos – en donde dicho aumento en la cooperación internacional puede ser especialmente útil. Pero aún en estas áreas, muchas de las reformas importantes pueden ser implementadas por los gobiernos individualmente.

El carácter global de la “economía global” ha sido extremadamente exagerado, al igual que lo han sido sus implicaciones. El mundo hoy en día es aún mucho más una colección de economías nacionales, y lo gobiernos nacionales – especialmente en las economías más grandes – tienen el potencial de escoger la mayoría de sus políticas económicas así como lo hicieron hace treinta o cuarenta años. El gobierno de China, por ejemplo, por décadas ha controlado el movimiento de capital hacia dentro y fuera del país, ha regulado inversiones extranjeras de acuerdo con las necesidades y los planes de desarrollo nacionales, ha fijado su tasa de cambio, y se ha adueñado de casi todo el sistema bancario. De esta manera pudo aprovecharse de la “globalización” – tanto en términos del comercio internacional como de inversiones extranjeras directas – para lograr el crecimiento económico más rápido en la historia del mundo.

La idea contemporánea de la “economía global” está basada en una analogía mal aplicada al desarrollo histórico de economías nacionales.  Por ejemplo, la economía de EE.UU. era mucho menos estable, con desaceleraciones más frecuentes y más duraderas, antes de la creación de instituciones reguladoras, incluyendo, más importantemente, a la Reserva Federal (1913) y las reformas del New Deal de los años treinta. (La crisis actual, la cual ha ocurrido después de décadas de reformas de desregulación, parece ser la excepción a la regla).

Así, se ha razonado, ahora vivimos en una “economía global”, y ésta también tiene que ser regulada para resolver algunas de las irracionalidades e inestabilidades inherentes en una economía de mercado.
Por supuesto que hay algo de verdad en este argumento. La idea de una moneda de reserva mundial para reemplazar el dólar, por ejemplo, presentada por China, es una reforma potencial que podría mejorar la estabilidad macroeconómica global.

Pero el concepto de la “economía global” es muchas veces una exageración, que genera confusión y consecuencias políticas negativas. Reformas que son necesarias y  además viables a nivel nacional – así como políticas cambiarias, fiscales y monetarias adecuadas (especialmente en tiempos de normalidad), o la regulación de capital – son rechazadas como incompatibles con la “economía global”. Al mismo tiempo, los reformadores a menudo equivocadamente acuden a instituciones supranacionales que fomentan principalmente la desregulación, que no responden ante nadie y que son regresivas – el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio son ejemplos principales – para resolver los problemas que éstas mismas instituciones han ayudado a crear. Los ministros de finanzas (o secretarios del Tesoro) que están en deuda con los poderosos intereses domésticos son aún menos responsables ante el público cuando toman decisiones en estos organismos que están un paso más apartados del electorado en los países miembros. Si no hacen lo correcto en casa, es menos probable que lo hagan en el FMI o el Banco Mundial. En la actualidad, por lo menos, una reforma a nivel nacional y talvez a nivel regional es una apuesta mucho más segura.

Ciertamente, la “globalización” bajo reglas y políticas inapropiadas ha contribuido de manera importante a la crisis actual. Incluso la Unión Europea, un proyecto que se compara favorablemente al tipo de integración estilo una “carrera hacia el fondo”, como lo es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), está actualmente dificultando la recuperación de la Eurozona. Las restricciones a los déficit presupuestarios y la configuración ultraconservadora del banco central establecida por el acuerdo de Maastricht están haciendo más difícil que Europa pueda contrarrestar esta desaceleración.

Los esfuerzos para rediseñar las reglas del comercio global de una manera más equitativa y racional – esfuerzos como los de la comisión de las Naciones Unidas encabezada por Joseph Stiglitz – son una parte vital de la creación de un futuro mejor para las generaciones por venir. Pero el mundo no puede esperar a que llegue el momento cuando los gobiernos de los países ricos estén dispuestos a ceder el poder para la toma de decisiones a instituciones como las Naciones Unidas – instituciones que estos países no pueden dominar por completo. Ni tampoco tiene que esperar.  


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C.  Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es coautor, junto con Dean Baker, del libro Social Security: The Phony Crisis (University of Chicago Press, 2000), y ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica.  Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.