“Hechos, no palabras” determinarán el futuro de las relaciones entre EE.UU. y América Latina

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22 de abril, 2009, Mark Weisbrot   En inglés

The Guardian Unlimited

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 ¿Qué es lo opuesto de “control de daños”? ¿Control de reparaciones? El consejero principal de Obama para América Latina y director para la Cumbre de las Américas Jeffrey Davidow hizo lo mejor que pudo para socavar los esfuerzos diplomáticos del presidente en Trinidad. Respondiendo inmediatamente a la ofensiva amistosa de Obama, Davidow comentó ante los reporteros que “hay una importante parte de la población en Venezuela, probablemente la muy, muy vasta mayoría de venezolanos que tiene una actitud más favorable del Presidente Obama que la que tienen de [Hugo Chávez]”.

Davidow es un “diplomático” de carrera – el comienzo de su carrera laboral se remonta hasta 1973, cuando sirvió en la embajada de EE.UU. en Chile, al mismo tiempo que la administración de Nixon derrocaba al último (previo a los años noventa) gobierno socialdemócrata en América del Sur. Él sabía exactamente lo que estaba haciendo el fin de semana pasado: deliberadamente insultando a un jefe de estado extranjero – y uno con una inclinación por responder de la misma manera – como para reiniciar la guerra de palabras que su jefe intentaba dejar en el pasado.

Estas acciones marcaron una clara diferencia con simplemente complacer a los republicanos o a los cubanos en la Florida – quienes se enfurecieron en respuesta al apretón de manos y al intercambio de sonrisas entre Obama y Chávez que glorificaron la página principal del New York Times. Habían muchas otras maneras de dar marcha atrás y efectuar ese acto tradicional de cobardía política. Las declaraciones de Davidow fueron diseñadas para provocar.

Debería ser despedido, y no ser invitado a proporcionar más asesoramiento a la administración actual.

La táctica de Davidow fue una práctica común durante la administración de Bush: siempre que el presidente Chávez de Venezuela, algunas veces provocado por miembros del Congreso de EE.UU., intentaba buscar relaciones más cordiales, la administración de Bush lanzaba insulto tras otro hasta que Chávez finalmente se soltaba con una respuesta mordaz.

Talvez la más inteligente de éstas fue la provocación del entonces Vicepresidente Dick Cheney en noviembre del año 2007, diciendo que Chávez “no representa el futuro de América Latina, y el pueblo peruano, yo creo, se merece un mejor liderazgo...”.

Si se ve el video, no parece que se le hayan escapado estas palabras por equivocación. Y talvez Cheney no sabrá quien es el presidente de Uruguay, pero como hombre petrolero de Halliburton, con seguridad él puede encontrar a Venezuela en un mapa. Probablemente él dijo “Perú”, porque él sabía que Chávez respondería diciendo, “vean a este idiota que ni siquiera sabe la diferencia entre Venezuela y Perú”. Lo que Chávez de hecho respondió inmediatamente.

Esta vez Chávez no está mordiendo el anzuelo. De hecho, la mayoría de los presidentes de izquierda de América Latina estaban debidamente impresionados con la actitud personal del Presidente Obama –actuó como el organizador comunitario que él antes fuera, ya que se acercó a Chávez para darle la mano.

Estos presidentes parecen estar determinados – por ahora – a responder a la ofensiva amistosa de Obama con paz, amor y comprensión. Incluso Raúl Castro de Cuba respondió inmediatamente a la relajación de restricciones sobre los viajes y remesas para los cubano-americanos declarando que está dispuesto a dialogar sobre “derechos humanos, libertad de prensa, prisioneros políticos – todo”. Y también añadió: “Podríamos estar equivocados. Lo admitimos. Somos seres humanos”.

Chávez, quien dijo no tener duda que las relaciones con EE.UU. mejorarían bajo el mando de Obama, anunció la designación de un nuevo embajador para Estados Unidos, un puesto que está actualmente desocupado, y discutió esto en la cumbre con la Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton.

Obama también hizo declaraciones insólitas para un presidente de EE.UU., reconociendo que Estados Unidos “muchas veces ha intentado dictar nuestros términos”.

Todo esto, así como la continua presión de presidentes, incluyendo a Lula da Silva de Brasil y Cristina Fernández de Kirchner de Argentina, para que se le ponga un fin al embargo sobre Cuba, ha agrandado el distanciamiento entre Obama y sus asesores.

El presidente Evo Morales de Bolivia le pidió a Obama que denunciara un aparente complot de asesinato contra él. El jueves pasado, tres de los cinco hombres que el gobierno dice haber estado involucrados en el complot fueron asesinados en un tiroteo con la policía, y la evidencia encontrada en su hotel los llevó a un arsenal de armas. Morales dijo que si Obama no repudiaba este complot, “yo podría pensar que fue organizado por la embajada”.

Obama dijo: “Sólo quiero que quede absolutamente claro que me opongo y condeno absolutamente cualquier esfuerzo con fines de derrocar violentamente a gobiernos electos democráticamente, en cualquier parte del hemisferio”.

Morales tiene razones para tener sospechas. Además de la intervención estadounidense en ese país en el pasado, la Agencia para Desarrollo Internacional de EE.UU. (USAID) está actualmente vertiendo $89 millones al año en Bolivia, una cantidad que es – en relación a la economía de Bolivia—equivalente a lo que EE.UU. está gastando en la guerra en Iraq. USAID, la cual es parte del Departamento de Estado de EE.UU., ha confesado haber financiado grupos de oposición en Bolivia pero se ha negado a revelar todos los grupos que está financiando ahí. Esto es a pesar de pedidos reiterados bajo la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act) de EE.UU.

Una de las promesas de Obama durante la campaña fue que habría más transparencia en el gobierno, incluyendo respuestas a los pedidos de información que no sea inteligencia secreta. No sólo el gobierno boliviano, sino también el pueblo estadounidense, tiene el derecho de saber cuáles grupos y actividades en Bolivia están siendo financiados con los impuestos de los estadounidenses – especialmente porque algunos grupos de la oposición ahí han tomado parte en acciones violentas con el objetivo de derrocar el gobierno electo.

Mientras la administración se niegue a hacer pública esta información, es difícil pensar cómo Obama va a lograr esta meta de re-establecer la confianza.

Los líderes de izquierda de América Latina están dispuestos a hacer lo que Obama pida y olvidar las quejas del reciente pasado – incluyendo el rol documentado de Washington en el derrocamiento del gobierno electo de Venezuela en el año 2002. Pero no pueden ignorar el presente.

Como el mismo Obama dijo en la Cumbre, “La prueba para todos nosotros no son simples palabras, sino también hechos”.


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C.  Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es coautor, junto con Dean Baker, del libro Social Security: The Phony Crisis (University of Chicago Press, 2000), y ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica.  Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.